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04 Febrero 2020
Sandra forma parte del equipo de Salud rural que, desde hace más de una década, realiza los controles médicos a los veranadores que llegan desde los alrededores de Villa Pehuenia. 
Cada año siente una mezcla de miedo e ilusión que crece en los meses previos. Espera poder ver a su paciente favorita: Doña Rosa, que a sus 80 años sigue peleándola con una salud de fierro.
La camioneta frena y Sandra baja rápido. Ahí está ella, ahí está su abrazo cálido, otra vez. Ahora sí puede seguir con su tarea.
 
Sandra Reschia es médica en Villa Pehuenia. Desde hace 14 años forma parte de uno de los equipos que todos los veranos le realizan controles de salud a las familias que viajan campo adentro. Lo que notó en todos estos años es que los crianceros envejecen y los jóvenes de su familia no toman su lugar.
 
 
La médica contó que, en promedio, las personas rondan los 60 años. Aunque reconoce que hay casos particulares, como el de una señora de 97 años que vivía sola en una “ranchada” y por el que se le dio intervención a Desarrollo Social.
 
Sandra resaltó que no es raro encontrar a crianceros que realizan la trashumancia con 80 o 90 años, se desplazan por kilómetros con sus animales y pertenencias. Lo que sí es cada vez menos común es ver a las familias completas. Según la profesional, los jóvenes prefieren otro tipo de trabajos y las mujeres suelen quedarse en los pueblos con los niños para que no dejen de ir a la escuela.
 
Quienes llegan a las áreas rurales de Paso el Arco, Pampa de Lonco Luan, Chañi, Relem y Cinco Lagunas, viven en forma precaria. Para la médica, muchas veces se trata de una cuestión cultural más que de falta de recursos. Hay quienes colocaron pantallas solares y hay otros que ni siquiera tienen baños. Y la mayoría de las viviendas no son de material.
Una tarea todo terreno
Esas diferentes necesidades hacen que el trabajo del equipo sanitario sea complejo. A eso se le suma el aislamiento. La médica, el agente sanitario y la odontóloga se suben a una camioneta en la que un chofer adiestrado cruzará arroyos e inventará caminos para llegar a las familias trashumantes.
 
Desde diciembre a marzo o abril, van una vez al mes, cuando también es la época de más trabajo por la llegada de turistas a la villa. A veces los llaman por radio o, los que encontraron “esa” lomita, logran tener señal en el celular y mandar un mensaje.
 
Anotan cuáles son los integrantes de la familia que están realizando la veranada esta temporada, si tienen enfermedades crónicas o alguna otra condición. Es casi como volver a empezar cada diciembre y también renovar cariños.
 
“Hay un señora que siempre me espera con los hilos. Para mi fue más fácil aprender neurología que a hilar”, ríe Sandra y resume, en un suspiro: “una crea lazos” y son de esos fuertes, que se arraigan en la tierra aunque los trashumantes vayan y vengan todos los años. Info Rio Negro

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